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¿Quien es Thomas Ligotti?

Viendo el apellido del autor y sabiendo que es descendiente de italoamericanos, uno podría imaginarse a alguien muy dado al flirteo y con un aspecto tal que así
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Sin embargo, cuando vemos una foto del autor, nos encontramos con esto
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Como siempre, antes de enjuiciar su trabajo, primero hay que conocer al autor para entender mejor su obra.
Thomas Ligotti, por lo que he podido leer, pasó gran parte de su juventud compaginando sus estudios universitarios con la asistencia a conciertos de rock y la ingesta de sustancias sicotrópicas, a tal punto que su cerebro acabó diciendo “pues catacrocker”, y le obsequió con una enfermedad mental de la que la depresión y los ataques de pánico eran algunos de los síntomas.

Di no a las drogas, amig@.

Como es obvio, esto marcaría su obra, en la que podemos ver como sustrato una disquisición nihilista sobre el absurdo de la existencia y la náusea de vivir que de seguro le han granjeado en sus círculos el apelativo de “la alegría de la huerta”.

A este hombre le tenía yo ganas de hacía tiempo.

No me malinterpretes, no es que quisiera romperle las piernas, sino que anhelaba leer algo suyo, puesto que había visto opiniones que lo calificaban como “el secreto mejor guardado de la literatura de terror actual”, y porque me constaba su admiración por Lovecraft, al que reconocía como una fuerte influencia.

Siempre se dice que es mejor ir al encuentro de las cosas sin expectativas, y a fe mía que es verdad.

La fábrica de pesadillas

En primer lugar, al césar lo que es del césar. Ligotti es un gran escritor, con un increíble uso del lenguaje y una escritura envolvente y atmosférica. Su prosa es una combinación perfecta entre lo poéticamente macabro de Poe y lo angustiosamente cósmico de Lovecraft.

Los dos primeros relatos de la antología me satisficieron (por no decir que me llenaron de satisfacción, que suena mejor), al crear el primero una atmósfera ominosa llena de tensión, en la que desde el principio, y a pesar de transcurrir en la quietud del salón de un hogar después de la cena, sabes que va a acabar mal la cosa, y al ser el segundo un claro homenaje a Lovecraft que de hecho ya había leído en otra antología de tributo al maestro de Providence.

En el plano visual, portadas como esta para sus obras son de lo más acertadas.

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¿Cuál es el problema entonces?

Dejando clara la premisa de que sobre gustos no hay disputa, lo que hizo que La fábrica de pesadillas se convirtiera para mí en La fábrica de somníferos fue sin duda el ritmo de algunos de los relatos.

Si bien es cierto que logran envolverte en una atmósfera asfixiante, quizás a veces son demasiado oníricos, demasiado insinuantes sin acabar de mostrar nada.
El uso de Ligotti de la repetición como recurso para crear un sentimiento envolvente en la narración junto con la excesiva introspección de los personajes que cuentan las historias hacen que a veces la narración transcurra de forma demasiado lenta para mi gusto.

Bien es cierto que relatos como el que da título al tomo son de una originalidad indiscutible, pero a mi juicio tiene demasiados altibajos.

Es por eso que, en un par de ocasiones en que no podía dormir, me iba al sofá del salón y me tumbaba a leer estos relatos en los que los personajes parecían avanzar en la trama a través de leche condensada, eso sí, leche negra y putrefacta, pero espesa como el cemento fresco.

Mano de santo.

Al cuarto de hora de leer me daba un sopor que ríete tú del láudano.

Así las cosas, este libro contiene algunos grandes relatos, y me reitero en que el uso del lenguaje y su prosa son magistrales, así que, si te gustan las historias introspectivas y envolventes con un argumento no necesariamente dinámico pero sí muy macabro, no te lo pienses.
Es como ser fan de 2.001, odisea en el espacio o de Star Wars.
Yo personalmente me quedo con la segunda, pero eso no quita que la primera sea una obra maestra. Lenta, pero obra maestra.

Le daré, por lo tanto, dentro de un tiempo, una oportunidad al resto de sus escritos, a ver si encuentro algunas historias más que me llamen la atención.

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