CAPÍTULO 3: UN AMARGO DESAYUNO

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El único sitio que encontramos abierto, en una oculta esquina, y en el que no habíamos reparado nunca, dado que no nos habíamos visto en la necesidad por hallarse abiertos otros locales mejor situados, tenía un cartel que rezaba así:

«FREIDURÍA RAFI MARSO

Especialistas en delicias del Atlántico»

 

Era un local pequeño que apestaba a fritanga; un cubículo de planta rectangular con paramentos rematados por azulejos blancos, pero amarilleados por la grasa de infinitas frituras, lo que le daba un aspecto desvaído y sucio. En su estrechez tenían cabida un mostrador, tras el cual había una cafetera doméstica, una freidora, un arcón frigorífico, y un par de mesas pequeñas dotadas cada una de cuatro sillas de metal negro con el respaldo redondo. Al fondo podía verse la puerta del servicio.

Antes de sentarnos en una de las dos mesas, que estaban totalmente vacías, nos aproximamos a la dependienta, una mujer de mediana edad que nos miró fijamente, con cara hosca, perforándonos con sus enormes ojos saltones. Tenía la tez mortecina, de un aspecto céreo y desagradable. Su pelo rubio, ralo y escaso, llegaba hasta los hombros, con una permanente que solo podía ser calificada como desoladora, y que hacía que sus rizos parecieran aros de patata secos, crujientes y manidos. Su mala cara iba más allá de la mala cara de cualquiera que haya tenido que madrugar para trabajar en domingo, y poseía una característica de repulsión intrínseca a su persona, rematada por un fuerte olor a pescado pasado que solo se percibía cuando se estaba muy cerca de ella, como si se hubiera echado un perfume elaborado a base de despojos piscícolas.

A pesar de que los rigores del tiempo aún no arreciaban con mucha intensidad, y menos para una persona que se pasaba ocho horas a escasos centímetros de una freidora, llevaba el cuello envuelto en una bufanda.

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FREIDURIA RAFI MARSO

Con un gruñido de impotencia decliné seguir argumentando mi postura y me dediqué a dejar vagar mi atención por la sala reparando en la escasa pero curiosa decoración de aquel antro.

Mientras, Jaimito y Ramiro departían sobre las virtudes de Monkey Island como aventura gráfica.

Una foto en blanco y negro enmarcada en plástico rojo. Fechada en mil novecientos treinta y algo, la última cifra no se podía distinguir. Unos tipos con cara de gañanes, especialmente feos, de labios tan hinchados que me hicieron plantearme si ya existían las infiltraciones de silicona por aquel entonces, y ojos como huevos duros, o eso parecía, pues tampoco es que la calidad de la foto permitiera distinguir los detalles con demasiada nitidez, posaban con ropa de época, o sea, de cateto, al lado de una alberca. Una silueta oscura y ominosa se dejaba entrever en la superficie del agua como una mancha de sombras. Seguramente sería un fallo de revelado de la fotografía, pues la forma era demasiado extraña para pertenecer a nada que encajara en semejante contexto. Junto a la alberca, un cartel con la siguiente leyenda: Ochavillo del Río.

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tesis doctoral

Testimonio del alguacil Casimiro López, página 1

Y Testimonio del alguacil Casimiro López, página 1

Testimonio del alguacil Casimiro López, página 2

Testimonio del alguacil Casimiro López, página 2

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Siguiente ítem. Una foto de un barco de pesca. En la cubierta un pescador saludaba con la mano. Lo extraño en esta ocasión es que el marino parecía llevar puestos, en vez de guantes, unas manoplas de las que se usan para sacar bandejas del horno, pues no había solución de continuidad entre sus dedos. Seguramente sería una herramienta utilizada en algún arte de pesca que me era ajeno. Sin embargo, aquel inocente detalle causaba en las capas más profundas de mi cerebro una punzada de inexplicable inquietud.

Dónde coño nos habíamos metido a desayunar.

-Extracto de Imposible pero incierto (una novela de horror có[s]mico)-

Fragmento ecaneado del informe del alguacil

Copia del del informe original del alguacil