Hace unos días, tras ver Lolita, hice una búsqueda en internet para corroborar en una discusión que Nabokov era este señor:

nabocopCraso error. Al final resultó ser este:

Nabokov, NaboCop… ¡Qué más da! Creo que es una confusión comprensible. A veces vivir en mi cerebro es un infierno.

Bueno, consecuencias de haber dejado la medicación aparte, y por si a alguien le interesa, comentar que la última revisión del borrador de Imposible pero incierto (Una novela de horror cósmico) avanza, lenta pero imparable, en una lucha contrarreloj para que pueda estar en la calle antes de Julio.

Me estoy planteando la posibilidad de publicarlo paralelamente en Create Space, el servicio de impresión bajo demanda de Amazon, por si alguien lo quiere leer en papel, lo que no sé es si el precio será adecuado, pues amazon fija un mínimo por la impresión y envío, por lo que por muy poca comisión que se le ponga al libro, los precios no suelen bajar de los 15 euros, precio que entiendo no es nada competitivo, pero bueno, ahí lo dejaré por si alguien se anima.

Y ahora os dejo con el siguiente capítulo, para quienes quieran seguir ahondando en los misterios descubiertos por Felio y Ramiro en sus correrías nocturnas.

 Esta portada hace alusión al pulp, uno de los estilos que se mezclan en esta narración.

Espero que lo disfrutéis, un saludo.

A más ver

R. R. López

Imposible pero incierto (Una novela de horror cósmico)

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Esta podría ser la portada del libro si se hubiera publicado en la mítica revista Weird Tales, en la que Lovecraft y su círculo publicaron sus obras.

Capítulo 4: Un comienzo de semana un tanto peculiar       

 

«¿Incestuoso vástago? ¡Dios mío, pero serán simplones!».

―Doctor Henry Armitage―

 

La semana había comenzado de forma extraña. Casi podría decirse que el devenir estaba penetrando en un vórtice de surrealismo.

Durante la primera hora habíamos sido víctimas de una clase de ingeniería química en la que el profesor cambiaba los hiatos «ía» por «íe»: «podríe», «querríe»,… los primeros cinco minutos resultaba divertido, pero pasada la primera media hora acababas poniéndote nervioso; era un profesor cabezón con memoria fotográfica. Su clase estaba plagada porque se aprobaba mediante un trabajo, y no mediante examen.

Tras cinco minutos de atropellada pausa en los pasillos le había tocado el turno al docente de Bases Técnicas de la Ecología Ingenieril.

Era la misma imagen de Leslie Nielsen o del comandante Lassard, que tan famoso se hiciera en los años ochenta con la serie de películas de «Loca academia de policía», tan sólo un poco más ajado por las arrugas; ojos pequeños, pelo blanco y abundante con corte clásico de caballero, nariz «porretona», facciones cuadradas y mentón prominente. Y estaba igual de senil.

 

Para colmo tenía una dicción hilarante en la que cambiaba todas las consonantes sibilantes por la «z», lo cual había hecho que la gente, que tiene muy mala leche, le pusiera motes como «El Mázinger», «El Zorro», etc.

Para más Inri era un judoka experto, como siempre dejaba claro en sus clases a través metáforas en las que comparaba las diferentes proyecciones del Judo con diversos aspectos de la física y la ingeniería.

Aquel señor debería haberse jubilado hacía ya tiempo para disfrutar mientras charlaba con los amigos y jugaba a la petanca en algún parque, calculando las trayectorias de tiro parabólico que debía efectuar para ganar la partida.

Semejante personaje tenía un secundario a su altura que contribuía a amenizarnos aún más la clase, el Movidas, hijo de un terrateniente extremeño, cuya voracidad por el marisco y el jamón le había acarreado una obesidad considerable y ataques periódicos de gota. Vestía como si estuviera continuamente de montería, y pagaba a la gente para que se fueran con él de fiesta.

El mote le venía porque siempre estaba inventando alguna jugarreta.

En una ocasión incluso intentó «perchársele» a Antoine para dormir en casa de los padres de este, porque al Movidas se le había quemado la cocina del piso. El tipo aprovechaba la más mínima oportunidad para alardear de que tenía mucho dinero y, sin quererlo, gracias a las preguntas incesantes que lanzaba al profesor para pelotearle, también hacía alarde de su escasa capacidad intelectual.

Aquel individuo tan pintoresco estaba tramando algo, puesto que, a pesar de lo dicho anteriormente, tenía una astucia primitiva, animal, que se reflejaba en el brillo febril de sus oscuros ojos. Precisamente por ser conocedor de sus limitaciones, llevaba toda la carrera trepando a base de halagos y de la técnica de la gotera, como la llamábamos, que era como la tortura de la gota de la Bastilla, pero en vez de una gota de agua que te taladraba el cráneo por repetición, en su caso eran preguntas dirigidas continuamente al profesor, en las que lo único que hacía era reformular como interrogación las últimas palabras que el tutor de turno acababa de explicar, anteponiéndoles el adverbio «¿Entonces…».

El efecto era el mismo que el de la tortura física, dado que acababa taladrándote el cráneo, de una forma metafórica, pero igualmente desquiciante.

La sospecha sobre sus maquinaciones secretas provenía del hecho de que en el descanso lo habíamos observado, apartado en un rincón, leyendo con disimulo un manual de judo. Al aproximarme a él con naturalidad fingida para preguntarle si había comenzado a practicar judo, como única respuesta se me quedó mirando con sorna y comenzó a reírse. Cuando consideró oportuno se dignó a contestarme: ―¿Pero tú «maj» visto a mí?

―¿Entonces? ―repuse yo.

―Pues que me ha «dao» la «picá» por saber más sobre el judo. ¿Sabías que el profe impartía clases de judo en el gimnasio de la universidad?

―No lo sabía ―contesté perplejo.

―Pero tuvo que dejarlo.

―¿Por qué? ―inquirí. La historia tenía pinta de prometer.

―Porque cada vez que explicaba una técnica todos se partían de risa.

―¿Por qué? ―repetí― ¿Acaso la ejecutaba mal?

―No, ―me contestó El Movidas esbozando un gesto de confidencialidad y bajando la voz―. El problema no estaba en la naturaleza de la técnica, sino en el nombre.

―¿Y cuál era?

Echando un ojo al manual, pasó el dedo por la página, hasta encontrar el dato que estaba buscando.

Sasae tsuri komi goshi.

Por este motivo llevaba toda la clase pendiente de cuando intentaría su argucia.

La hora había comenzado de forma gloriosa. El pobre septuagenario se estaba peleando con el proyector sin éxito. Un estudiante se levantó solícito y bajó a sacarlo del atolladero. Se trataba de Marcos Dios, quien, a pesar de tan grandilocuente y sonoro apellido, era un chico sencillo y de lo más humilde.

Una vez resuelto el problema técnico, mientras Marcos se dirigía de nuevo a su asiento, el profesor comenzó su clase con el siguiente comentario a modo de agradecimiento:

―No hay nada como «eztar» a «buenaz» con «Dioz» ―y puso una sonrisilla pícara. Bajo aquella apariencia de serio academicismo se escondía un cachondo mental con vocación de showman―. «Bálbara» ―se dirigió a una chica pelirroja de la primera fila―, ¿«zeríaz» capaz de calcular, «uzando» como medida el «kilomorr», la cantidad de «cenizaz menosh» la cantidad de «ózido» nítrico, en «baze zeca», que «eshpurzan diezizei shimenea», si «tenemo» un «zishtema» de aireación «globarr», pasadas «noventiosho horass».

El inicio de aquella clase siempre era duro. Costaba mucho aguantar la risa ante el baile que debía estar ejecutando la dentadura postiza en la mandíbula del orador. Daban ganas de gritar: ¡MAAAAMBO!

La chica se le quedó mirando con cara de perplejidad y esbozó una negación con la cabeza.

―Lo «zuponía». La «reziztenzia eláztica» de «loz materialez, miz queridoz pupiloz» ―continuó diciéndonos el profesor cambiando radicalmente de tercio, con los brazos cruzados detrás de la espalda, mientras caminaba por el aula con pasos que denotaban seguridad en sí mismo―, una magnitud cuyo conocimiento «ez imprezcindible» en ingeniería para «zaber» cómo «rezponden losh» ―de vez en cuando se le escapaban algunos intentos como este de hablar «fisno»― «materialez shólidos» a «fuerzaz ezternaz» como la «tenzión», la «comprezión», la «torzión», la «flekshión» o la cizalladura ―Con semejante festival de ceceos y silbidos reptilianos era imposible tomar apuntes.

El Movidas levantó la mano. Por un momento el tiempo pareció detenerse. Todos los alumnos se le quedaron mirando con una ambigua mezcla de expectación y hastío.

―¿«Zí», Bartolo?

―¿Puedo hacerle una pregunta? ―Era obvio que sí.

―Como «dezía» la zarzuela, pregunte, pero no ofenda ―Había que reconocer que el hombre tenía estilo. Consiguió arrancarme una sonrisa al imaginar por un momento en un escenario al profesor vestido como un galán del Género Chico cantándole con voz de barítono al Movidas, que por supuesto iba vestido de dama, con un parasol, y se tapaba la boca al sonreír, azarado por el atrevimiento de su pretendiente.

―Entonces, ¿eso «ej» como la metáfora de la caña que se dobla con el viento y no se parte, pero el chaparro que es más duro sí se rompe?

La cara del profesor denotaba que estaba empezando a animarse con el tema.

―Entonces ―volvió a la carga el movidas―, ¿«ej» como si la caña le estuviera haciendo judo ―esta última palabra la pronunció literalmente, con una jota que rasgó el aire―, ¿no? ―El muchacho estaba elevando por momentos el acto de lamer el culo al nivel de arte―. «Ej» como si el junco cogiera al viento por la pechera y le hiciera eso que lo coges por el kimono y…¡kiá! ―el grito lo había sacado, seguro, del anuncio de detergente de la niña que le dice a la madre que le lave el kimono mientras da una patada al aire―, y le da una patada en la pierna y le hace un uchi mata…

―¡¡¡Zazae zuri kumi gozi!!! Zazae zuri kumi gozi!!! ―comenzó a gritar el sexagenario, emocionado, mientras asentía con la barbilla. Desde luego, la elección del nombre de la técnica no podía ser más desafortunada.

La situación estaba degenerando hacia el absurdo. Entre la concurrencia se escapó alguna que otra risotada. Finalmente la clase terminó con una salida del Movidas a la pizarra para que el profesor pudiera demostrarnos la semejanza entre los principios físicos que se aplicaban durante la proyección de judo y la resistencia elástica de los materiales. Pero la mala fortuna quiso que un súbito ataque de lumbago le fastidiara las vértebras al ejecutante cuando tenía cargado el tremendo peso de la oblonga anatomía del Movidas quien, cual saco de patatas parlanchín, afrontaba el bochorno con una sonrisa de circunstancia en los labios con tal de ganarse el beneplácito del docente.

El sonoro crack de la espalda del viejo fue seguido por el grito de terror del orondo contrincante, que fue a dar con sus huesos contra el suelo.

El resto de la mañana las referencias y chanzas relacionadas con semejante despropósito fueron continuas.

Aún faltaba lo peor del día; tenía que quedarme por la tarde, solo ante el peligro. Bueno, solo no, en realidad estaría con mi amigo Modesto y con todos los alumnos del curso inferior, debido a que, por segundo año, me veía obligado a sufrir el martirio genital que representaba la asignatura denominada Física Entera 2.

Por ese motivo me hallaba en la cafetería del campus, también llamada «La Pajarera», porque era un edificio de una planta, de cristal, en el que el ruido ensordecedor del eco de las conversaciones de los presentes y la suciedad que campaba a sus anchas por doquier te hacían creerte que estabas rodeado de periquitos.

Por suerte, la comida no tenía sabor a alpiste.

 

Mientras degustaba un suculento, a la par que indigesto, bocadillo de calamares con mayonesa, tenía puesta mi atención en el periódico del día.

La ciudad seguía consternada por la desaparición de la niña, los partidos seguían achacándose entre sí la falta de desarrollo económico de la ciudad…

De nuevo mi realidad dio un vuelco brusco. No sería el último acontecimiento ominosamente extraño que aquel delirante día me tenía reservado.

Normalmente nunca miraba las necrológicas, pero en aquel caso el negro recuadro de la esquela, lúgubre y sobrio, había captado mi atención como un matón de la mafia rusa que me hubiera cogido por la solapa.

El nombre que allí rezaba me resultaba familiar. De hecho me resultaba muy, pero que muy familiar. Un nombre como ese no era frecuente, no cabía posibilidad de confusión alguna:

Espasmos Rodríguez Peña.

No podía creerlo, Espasmos, una joven de mi edad, lozana y saludable (y, por qué negarlo, algo puta), ¿había muerto?

Sensaciones contradictorias me invadieron, llenándome de consternación. A pesar de lo mal que me había tratado, accediendo a tener una cita conmigo tan sólo para hacer tiempo hasta que su verdadero objetivo saliera del turno de barra, flirteando con él en mis narices, a pesar de que por su culpa acabé enemistándome con uno de los traficantes de droga más peligrosos de la ciudad y con toda su banda, que nos estuvieron hostigando durante toda la noche, convirtiendo aquella en la peor cita de mi vida, a pesar de todo ello, repito, no podía evitar el pesar que me causaba la noticia de su muerte.

Aunque me costara admitirlo, había tenido sentimientos por ella. Por un corto plazo de tiempo había formado parte de mi vida, y el escaso contacto carnal que había mantenido con ella me había proporcionado material para el onanismo del último año, haciéndome más soportable la carestía sexual en la que me hallaba inmerso por cierta maldición que me lanzó una vez una gitana; pero esa es otra historia.

Al parecer, la familia iba a ofrecer un sepelio en Córdoba para dar la oportunidad a los compañeros y amigos que Espa tenía en la ciudad de presentar sus últimos respetos, antes de trasladar el féretro (y supongo que su contenido, aunque como la familia fuera igual de lista que Espasmos podía esperarse de ellos cualquier cosa) a la localidad onubense que la vio nacer.

Tomé nota mental de llamar a Ramiro aquella misma tarde para informarme mejor sobre las circunstancias de su fallecimiento, dado que al haber estado el saliendo con Palmira, la compañera de piso de Espa, con quien aún mantenía una buena relación, seguro que estaba enterado de todos los detalles.

Al salir de la cafetería el aire me hizo sentir por un momento un escalofrío en el cuerpo.

Me acomodé en una de las hileras de asientos escalonadas de la clase, que estaba inclinada como una sala de cine. El Lompa, el profesor, apoyado en la mesa. En un año no había cambiado su anatomía, seguía teniendo cuerpo de morsa, cara de morsa, pelo negro relamido hacia atrás, impregnado en gomina (o quizás en grasa de morsa), y en el que las prominentes entradas parecían dos bahías simétricas.

Sus gafas, de pasta oscura, hacían que los ojos parecieran diminutos, como los de un topillo. Vestía un chaleco verde de lana, pantalones de pana y una camisa de cuadros.

A pesar de la prohibición de fumar en el interior del aulario, exhibía sin pudor un enorme puro que llenaba el aula con su apestosa fragancia.

Con gesto teatral esperó a que se calmara el murmullo de los estudiantes. Cogió unos folios amarillentos que seguramente estarían llenos de contenidos totalmente desactualizados. Carraspeó un par de veces de forma repugnante, y comenzó a largar.

Aquella asignatura era digna predecesora de Física entera 1; incrementaba el nivel de dificultad y surrealismo. En teoría te capacitaba para practicar análisis químicos del suelo, pero en realidad era un mejunje que el mamón del Lompa se había inventado para poder hacer la criba como le saliera de las narices. En unos apuntes de locura, llenos de tablas de textura de suelo, capacidades de cambio iónico, y mil datos inútiles más, se escondían conceptos tan esquivos como la capacidad de cambio, que habíamos intentado que nos explicara durante el curso pasado, y cuya respuesta siempre evitaba el maquiavélico instructor mediante frases ambiguas, o directamente contándote alguna anécdota absurda de su juventud que no tenía nada que ver. No es que se saliera por los cerros de Úbeda, él atrochaba directamente por mitad de los Apalaches. Modesto, a quien sorprendentemente también le había quedado la asignatura, a pesar de ser un estudiante ejemplar, y servidor, nos traíamos la coña de que este año nos respondería cantando un rap en un idioma inventado, del palo de:

«Agrate jate jare, agrate jate jambio,

así es como se calcula la capacidad de cambio».

Lo chulo era imaginártelo cantando vestido de estrella del rap y cruzando y descruzando los brazos en plan hiphopero.

Como demostraba mientras volvía a darle una calada a su puro sin ningún tipo de rubor, caradura tenía para eso y más.

Poco a poco la clase fue discurriendo y, llegando un momento, Modesto me miró, alto como era, con su rostro moreno de pelo negro y rizado, por encima de sus gafas.

Sí, había llegado el momento de todos los años:

¡¡¡Los ejemplooos!!!

Aquello era la prueba definitiva de que el hombre llevaba sin cambiar el temario desde el pleistoceno, dado que todos los años ponía los mismos ejemplos, que él creía ilustrativos, supercuriosos, e indicadores de que poseía una cultura tan vasta como basto era su atuendo.

―Señorita…―dijo el Lompa mirando a una sorprendida fémina de la primera fila, que se quedó paralizada como un ciervo al que un conductor da «las largas».

―…sabe «usté pa» que se usan los «titanatoj» ―me adelanté yo por una fracción de segundo.

La voz del Lompa sonó como un eco a mis palabras.

―¡Pues para afeitarse las piernas! ¿Es que no sabía «ujté» que «loj titanatoj» se usan «pa hasé laj cushilla» de «afeitá» ―Continué profetizando con total acierto en voz baja, imitando el marcado acento sevillano del ponente.

Lompa confirmó la predicción, añadiendo al final un estentóreo ¡EJEM!, a modo de carraspeo seco causado por el puro que se acababa de fumar.

La muchacha soltó una risilla pudorosa, tapándose la boca con la mano.

El Lompa se quedó mirando al auditorio.

―Bueno, y ahora «oj» voy «presentá» a un alumno que ha «venío» de la «facurtá» de «siensia» de «Jarva», de «Masachuse», de «loj Ejtado» Unido, vaya, y que va a «empesá» a «trabajá» en mi departamento.

Su cara reflejaba un gesto de orgullo. Para alguien a quien le gustaba tanto figurar como a él, tener un alumno de la capital del imperio, de la prestigiosa universidad de Harvard ni más ni menos, debía de ser toda una oportunidad para ufanarse. Señaló a uno de los estudiantes que se hallaba sentado en la primera fila. Hasta el momento había pasado desapercibido, pero ahora que reparábamos en él no entendíamos como había sido posible.

―«Oj» presento «ar señó» Jedediah «Guatli» ―su acento hacía imposible determinar cómo se deletreaba el nombre del extranjero―. «Ejpero» que lo «tratéi» bien, con «hojpitalidá» ―El Lompa remarcó su alegato con un amenazador ¡EJEM!, mientras señalaba al corpulento individuo, que se giró y recorrió el auditorio con una mirada aviesa, extraña, torcida.

Un mote vino a mi mente de forma automática: Caracabra. Y es que sus rasgos podían ser calificados de chotunos. Una perilla puntiaguda remarcaba el efecto. Sus ojos también eran caprinos, amarillentos, y casi parecía que su pupila fuera horizontal por algún tipo de malformación. Lo único que lo diferenciaba del ojo de una cabra era que tenía un finísimo círculo blanco por esclerótica. Su media melena de pelo alborotado y salvaje le daba cierto aspecto parecido a la mitológica Medusa.

 

―¡Coño! ¡Qué tío más feo! ―la aguda voz de Modesto, que contrastaba con su elevada estatura, sonó en tono quedo en segundo plano.

El resto de la clase no pude dejar de observar a aquel individuo tan inquietante. Tampoco fue tranquilizador observar, cuando se levantó al final de la hora, sus extraños pasos, casi deslizantes. Sin duda debía tener un problema en las piernas, dado que eran anómalamente anchas, como si tuviera elefantiasis o un culo inusitadamente gordo. Para ocultarlas vestía unos pantalones anchísimos, como de rapero, de los que tienen el tiro a la altura de las rodillas.

Un gélido cosquilleo me recorrió la espalda cuando percibí que, súbitamente, fuera por un efecto de la luz sobre el movimiento del tejido al andar, fuera por una alucinación de mi mente, un extraño culebreo recorría sus piernas y costados.

Seguramente llevará prótesis en las piernas, me dije a mí mismo para intentar tranquilizarme.

Sin embargo, no pude ofrecer una explicación plausible al movimiento bajo el tejido de la camisa.

Un último detalle se me quedó grabado en la mente. De una de las trabillas de su pantalón pendía una cadena como las que se usan para sujetar la cartera, pero en este caso estaba conectada a un extraño objeto, situado en su bolsillo trasero. Parecía ser un reluciente silbato plateado.

El extraño individuo agachó la cabeza para atravesar la puerta de salida de la clase, tal era su envergadura, y desapareció en el pasillo.

Sin embargo su imagen se quedó conmigo, atormentándome. Pobló mis pesadillas aquella noche. Los ojos, amarillos y maléficos, se me clavaban en el alma extrayéndome la vida mientras aquel rostro de chivo profería sonoras y terroríficas carcajadas. La extraña voz de ultratumba que escuchara hacía dos días encaramado al andamio de la Mezquita se mezclaba con las risas causando una cacofonía siniestra e ininteligible.