Como te comentaba en las entradas anteriores de esta serie, la publicación en Wattpad de Historias que no contaría a mi madre de forma serializada me permitió ir asignando canciones a determinadas escenas y partes del libro.

Hoy te dejo las que corresponden a la cuarta y úlitma historia que compone el libro.

3. Hijos de un dios infinitesimal

Mis pasos me encaminaron por el puente de San Rafael. Podía oler el asfalto reseco de la carretera, con ese perfume tan peculiar que tan sólo se puede oler en verano.

Podía oír el rumor del Guadalquivir en la quietud de la noche. Incluso habría podido caminar por mitad de la carretera si hubiera querido. Aquél era el regalo para los pocos que nos quedábamos en la sartén de Andalucía, como muchos llaman en conjunto a Córdoba y Sevilla. Me encantaba el verano de la ciudad. Me encantaba el aroma de la tierra seca y el murmullo relajado del tráfico en la distancia, la gente dialogando en las terrazas de cemento de los locales bajos, su lasitud en los jardines y parques, bebiendo y hablando, los adolescentes con sus escarceos amorosos, las ráfagas de fresco aire nocturno que te hacían revivir cuando estabas a punto de creer que ya no podías sudar más, la alegría de las ropas de las chicas (y de lo que había debajo). La verdad es que pasear por Córdoba en verano es como ir permanentemente con los ojos como dos huevos duros. Hay cada “gachona” por ahí suelta… En fin, que me encantaba el verano urbano, el tacto de las aceras bajo mis pies y el arrullo envolvente y constante del calor sobre mi epidermis (que, a la hora de dormir, a veces se hacía insoportable). Eso sí, por el día le podían dar por culo (¡Pardiez, pero cuán brusco soy!), aunque con un poco de imaginación y alguna que otra escapadita de fin de semana se podía sobrellevar.

¡Me traía tantos recuerdos, buenos y malos! Pero recuerdos al fin y al cabo, que son el único regalo que nos deja el tiempo, de tantos veranos pasados, y esperanzas de los que estaban aún por venir. Embargado en estas ensoñaciones, mi consciencia me condujo flotando suavemente sobre las notas del “wild nights, hot and crazy days”, de los inmortales “Judas Priest”, hasta mi casa, en la que, tras una breve cena, me acosté en mi lecho a sudar, maldiciendo las poéticas ensoñaciones que había venido arrastrando por el camino.

Un sonido infernal, una cacofonía impía y repugnante, había hecho martillear los huesecillos de mis oídos, mandándome la combinación de impulsos auditivos más desagradable que mi cerebro había procesado en mucho tiempo; si había algo que odiara en esta vida y que hiciera resurgir mis más brutales y primitivos instintos, era sin duda la música “Nonaino”, y lo que estaba oyendo no era ni más ni menos que el grupo puntero en lo que a música de gasolinera y de bar de estación de servicio se trataba, dado que mis oídos estaban siendo obsequiados con el último éxito en todas las cárceles y reformatorios, el último son de “Canela”, “Tú me engañaste con mi Husky siberiano”. Como era habitual, se trataba de una mezcla de sintetizador de banda de verbena y voces cantando en falsete una amalgama entre rumba venida a menos y ritmos tecno dignos de la peor película porno. Tal como solía suceder con este tipo de grupos (¿o debería decir subgrupos?) la letra haría alusión a alguna de las siguientes incógnitas universales del alma humana, a saber: cuernos, amor, marginación, o que mala es la droga pero cuánto nos gusta.

La inmunda letra de la última estrofa se fue colando en mi cabeza sin que mis doloridos tímpanos pudieran impedirlo.

“Yo aún tengo sentimientos,

pero es que era mi perro.

Maldito seas gitano,

Te tengo en mi pensamiento.”

Horrorizado por semejante falta de respeto hacia cualquier persona que estuviera durmiendo o que tuviera un mínimo de buen gusto musical me levanté malhumorado y me dirigí hacia la estantería de los compact-disc.

A pesar del estrecho ángulo de apertura de mis pesados y aún somnolientos párpados, una única mirada me bastó para corroborar mis sospechas. En el piso de enfrente se hallaba la artífice de tal estruendo, la Jáimi, hija de Jaimita la melones, que era como Lina Morgan con una careta de “El planeta de los simios”, pero de los simios malos, y que se hallaba tendiendo la ropa y tarareando la horrísona melodía con cara de felicidad. Por la ventana de al lado asomaba el enorme cabezón de su hija preadolescente, y a la que tan sólo le faltaban el caparazón y el antifaz para ganarse también el apelativo de mutante y juvenil. Respondía al nombre de Jara, y era famosa en el patio, aparte de por compartir el mal gusto musical de su madre, por haber venido al mundo en la taza de un inodoro, dado que el córtex de su madre, que era tan liso como bellota, no sabía distinguir las contracciones del parto de un simple aviso de cagaleras.


 

Esto es todo, si crees que poner banda sonora aporta algo a la lectura de los libros, o si por el contrario piensas que es una pérdida de tiempo, hazme saber tu opinión en el hilo de comentarios.