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Fuente: Cordobapedia

 

—¡Ramiro, al embarcadero! —le ordené; había tenido una idea.

Aquello no era embarcadero ni era nada, era una cuesta en el paseo que bajaba a un rellano de cemento al borde del agua, donde se ponía la gente a pescar, pero de nuevo nuestra proverbial telepatía y mutua comprensión entró en juego, y Ramiro me entendió.

De un tremendo volantazo giró a la izquierda, derrapando durante unos metros, y se precipitó a la acera rozando una farola con el espejo retrovisor derecho. El coche dio un impresionante bote y sentimos las llantas chocar contra los adoquines. El respaldo del asiento que Makcoma había quitado rebotó y se cruzó diagonalmente entre Ramiro y yo. Antoine y Makcoma lucharon por no darse de nuevo un cabezazo con la chapa del techo. Al caer, Makcoma se quedó encajado en el hueco entre el asiento trasero y el respaldo del copiloto, braceando para poder salir, y el pie de Antoine me cayó en lo alto del hombro izquierdo. Era como si estuviéramos jugando a “enredo”, pero a mala leche.

Cabezudo intentó seguirnos por pura inercia, pero el giro fue demasiado brusco y su todoterreno demasiado grande, por lo que al subirse a la acera rebotó primero contra una de las farolas, quedando su lateral derecho destrozado casi por completo . El faro estalló en pedazos.

Pero Cabezudo, haciendo honor a su apellido, perseveró en la persecución, ahora un poco más distanciado. Los espejos retrovisores de su coche tamborilearon contra los obstáculos que tenía a ambos lados , hasta que finalmente fueron arrancados. Uno de los coches de policía también se sumó a la moda de subirse a la acera, y el resto pararon, seguros de que nos la pegaríamos.

Ramiro continuó pisando fuerte, mientras que con la mano derecha apartaba el respaldo del asiento trasero que apenas le permitía ver. Yo seguía sin ver nada, como en un confesionario.

De repente, todos sentimos un vacío y un hormigueo en el estómago, y el coche se precipitó rampa abajo, dejándose un retrovisor y desconchándose la pintura con la pared, de lo estrecha que era la plataforma.

Makcoma salió disparado debido al grado de la pendiente y cayó en lo alto de Antoine, que le había relevado en el hueco del suelo (no me pregunteís cómo). Brazos y piernas se mezclaron irreconociblemente. La situación era caótica y absurda.

El todoterreno se precipitó cuesta abajo por su propio peso.

Llegamos al final de la rampa y el coche recobró la horizontalidad, destrozándose los amortiguadores en la maniobra. El cinturón de seguridad laceró mi pecho al impedir que saliera disparado por el parabrisas, y por fin nos desembarazamos del respaldo trasero, que volvió a la parte de atrás, sepultando así a Makcoma y Antoine.

Ramiro luchó con un rápido movimiento intermitente de volante por mantenerse pegado a la pared y no caer al río. Al Terrano, cuya envergadura era excesiva, se le salieron de la plataforma las dos ruedas del lateral derecho, y se precipitó al agua seguido del intrépido coche de policía, que, tras “pisarnos los talones” durante la ascensión por un momento, no pudo mantener la dirección recta y salió catapultado por un lado hacia las contaminadas aguas del Guadalquivir.

Nosotros, aún pegados a nuestros asientos por la fuerza de la gravedad que ejercía la inclinada cuesta, permanecimos atentos al alocado cambio de marchas cortas y al rapidísimo juego de pedales que Ramiro hubo de realizar para llegar al otro extremo, siendo proyectado por la rampa y dando un trastazo tremendo contra el asfalto. En los tres rebotes sucesivos previos a la estabilización del aparato, Antoine y Makcoma cambiaron aleatoriamente de lugar.

Los policías, desprevenidos ante nuestro airoso resurgir, tardaron en volver a arrancar. Su indecisión nos permitió tomar ventaja. Además, ellos ya tenían al que había disparado.

—¡Tira para la Fuensanta! —comandé aún histérico. Ramiro se limitó a otear el contador del depósito mientras tomaba el rumbo indicado.

—Fragmento de Historias que no contaría a mi madre—