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En el primer episodio de la segunda temporada del podcast hablamos de satanismo con un invitado de excepción, Manuel Carballal, con motivo de la publicación de uno de los libros de su colección Cuadernos de campo, dedicado al satanismo: Cultos Satánicos: demonología, sectas satánicas y logias luciferinas en España: la realidad social.

El creador de la web El ojo crítico es uno de los investigadores de campo que más ha investigado sobre los cultos satánicos en nuestro país.

Además, para ilustrar los orígenes del arquetipo de Satanás en nuestra cultura de la adoración al diablo, escucharemos  un fragmento de mi próxima novela, Angelitos negros, para la que he investigado la evolución histórica de la figura del demonio.

Mito y realidad del satanismo

De acuerdo con el investigador Manuel Carballal, el satanismo institucionalizado, bajo la forma de la Iglesia de Satán, entró en España en 1976, a través de un diplomático español del Partido Popular, licenciado en Derecho, Ciencias Políticas y Sociología, que había conocido el culto mientras trabajaba en la embajada española en San Francisco. Al ver el ambiente de libertad sexual que reinaba en la Iglesia de Satán, y teniendo en cuenta que en la España de la posguerra el españolito medio follaba menos que las tortugas ninja, se arrojó a los brazos de Satán con una prominente erección sin pensárselo dos veces. A nivel internacional, hay sectas como El templo de Set, que cuenta entre sus líderes con Michael Aquino, un oficial de inteligencia del ejército estadounidense. En España el culto a Satán había cundido como la pólvora en los años noventa, diversificándose en logias y sectas diversas.

Pero la adoración al maligno es algo que viene de mucho antes, un movimiento contracultural y disidente, que surgió cuando algunos monjes y curas no tenían forma de subsistencia, y comenzaron a ofrecer misas negras, como el reverso oscuro de las misas normales, a cambio de un pago, y así la persona que encargaba la misa podía pedir al demonio el cumplimiento de un determinado objetivo mediante la subversión de la magia cristiana, marcando un hito en la historia de la adoración a Satán.

Su invención se atribuye al abad Étienne Guibourg, que las creó por encargo de una examante de Luis XIV, cuyos favores pretendía recuperar gracias a la intercesión del diablo, siendo una forma primitiva de satanismo.

No hay que olvidar que, desde finales del siglo XIX, en la capital del nuestro país está una de las pocas estatuas dedicadas al maligno, la estatua del Ángel caído, colocada exactamente a seiscientos sesenta y seis metros sobre el nivel del mar gracias a la insistencia del Duque de Fernán Núñez, que logró vencer la oposición social y eclesiástica que lo acusaba de acto satánico, para construirla donde, en tiempos, había estado la ermita de San Antonio Abad, porque hay ocultistas que no dan puntada sin hilo.

A menudo la gente tiene un concepto erróneo sobre los satanistas y los luciferinos.  La mayoría de estos miembros de las logias satánicas, exceptuando a los adeptos del Templo de Set, y a grupúsculos aislados de diabolistas que practican la demonolatría, en realidad no creen en lo sobrenatural, ni en la existencia del diablo como un ente, puesto que son profundamente materialistas y profesan el ateísmo, y usan los rituales como un psicodrama para movilizar las energías del subconsciente de cara a conseguir sus objetivos.

Quitando a los satánicos de andar por casa, que montan grupos de Black Metal y se dedican a hacer el tonto en cementerios y a quemar iglesias, y que están más relacionados con el neopaganismo y la vuelta a las tradiciones escandinavas precristianas, y a desequilibrados y psicópatas interesados en lo esotérico, el grueso de los satanistas tienen ideologías más próximas al fascismo, muy influidas por el Darwinismo social, tan popular entre los think tanks neoliberales del estilo del club Bildelberg y en los grupos elitistas como Skull and bones y Bohemian Grove, que justifica que la sociedad debe estar dominada por los individuos más adaptados, entendiéndose normalmente por adaptación la cantidad de ceros que componen tu cuenta corriente y los contactos que te permitan ejercer poder en determinadas parcelas, sin importar que estos pudieran ser heredados, dándote una situación de partida que nada tenía que ver con la evolución natural de los pinzones que inspirara en tiempos a Darwin.

Según ellos, estos individuos son los que tienen derecho a decidir el destino del resto de la humanidad, siguiendo lo que ellos llaman El orden natural, premiándose el egoísmo y la falta de empatía como una de las virtudes satánicas, lo que los acerca al objetivismo de Ayn Rand, que es otra de las filosofías populares entre los movimientos neoconservadores.

Y lo más fascinante es que todo este tinglado del satanismo se ha montado en torno a algo que no existe. El origen de la creencia en el infierno viene, según unos, de religiones mitraicas en las que las almas de los muertos, para llegar al reino de los héroes, tenían que cruzar una pasarela sobre una zona con fuego llamada hamestagan, a la que caerían si eran indignos. Según otros, el origen de esta creencia es más prosaico, y se debe a una forma de justicia babilónica conocida como el castigo del fuego, en la que se obligaba al reo a caminar por una pasarela a cuyos lados había fosas con fuego, que eran azuzados  por gente con horcas de hierro, y su longitud se alargaba según la gravedad del delito. En los delitos más graves, al tener que recorrer más distancia, el acusado acababa perdiendo la consciencia por el calor y la inhalación del humo, cayendo a las fosas ardientes, en las que encontraba su justo castigo.

La figura de Satanás como tal no aparece en el antiguo testamento, donde el término arameo shatán se usaba para designar al ángel que se encargaba de espiar a los hombres en la tierra para acusarlos de sus pecados frente a Dios. Sin embargo, en el siglo V, cuando se tradujo la Biblia al latín, se tradujo shatán, el acusador o el enemigo, como Satanás, tratando de dar la idea de que era una entidad aparte, para poder atribuirle el origen del mal y el sufrimiento en el mundo que, en el antiguo testamento, era en realidad causado por la voluntad de Jehová. Se ve que los traductores estaban en racha y, de paso, introdujeron también el término infernum, que en latín significa «inferior» o «bajo tierra», siguiendo la creencia griega de que el Hades estaba debajo de la tierra.

De hecho, Cristo no habló en la Biblia del infierno, mencionando tan solo la gehena, que era el vertedero donde quemaban a los muertos en las afueras de Jerusalén. Y para poblar ese espacio que se acababan de inventar lo llenaron con los daimones griegos: las entidades que eran intermediarias entre los dioses y los hombres, a las que transformaron en demonios. Aprovecharon para meter en ese cajón de sastre cualquier concepción pagana que no fuera de su agrado, como los sátiros, Pan, y demás deidades precristianas de la fertilidad, que dieron origen a la visión de los diablos como seres cornudos con patas de cabra.

Incluso el mismo anticristo es un invento. En la Biblia se lo menciona solo cinco veces en el antiguo testamento, para hacer referencia a todo aquel que se opusiera a la doctrina cristiana o la negara, en referencia a personas concretas, como Antíoco IV Epífanes. Pero la ignorancia del medievo había disparado de nuevo la creatividad católica, puesto que, si Jeuscristo era el hijo de Dios nacido de una virgen, forzosamente tenía que nacer un hijo del diablo del vientre de una prostituta.

Pero todo esto había servido para proyectar la sombra Jungiana, el mal que todos llevamos dentro, el más puro egoísmo, al dotarlo de un soporte ideológico.

Enlaces relacionados con el programa Mito y realidad del satanismo, con Manuel Carballal

Música del programa:

  • La guapa y los ninjas, de Los Ganglios
  • Como Lovecraft, de La monja enana
  • Nightmare, de https://www.purple-planet.com/
  • Ave Satanis, de Jerry Goldsmith

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