Tras cenar y hacer tiempo en silencio, sumidos en un estado de nerviosismo irrefrenable, sacrificamos de nuevo parte de nuestro fondo común para llamar a un taxi que nos dejara justo en el extremo del puente opuesto a la Calahorra, para no levantar sospechas.

El Puente Romano estaba desierto. Por encima del pretil podía verse un Guadalquivir famélico cuyas oscuras aguas lamían desesperadas la base de las pilas del puente.

Calahorra

Ningún vehículo circulaba a esas horas por el empedrado de la calzada. Ramiro y servidor caminábamos en paralelo, él por la minúscula acera en la que apenas cabía una persona y cuyos adoquines eran excesivamente resbaladizos debido a la acción del paso de las décadas y los miles de transeúntes que los habían pisado.

Ya pasado el meridiano de la distancia que nos separaba de nuestro destino, no pude evitar echar un vistazo a la estatua de San Rafael. Nombrado Santo Custodio por haber librado a la ciudad de una epidemia de peste en la Edad Media, a día de hoy su valor como ambientador podía ser puesto en duda, pues el cauce del río emitía unos efluvios contra cuya peste parecía no poder hacer nada.

La estatua estaba ennegrecida, en parte por la combustión de la cera de la decena de cirios rojos que ardían en su pedestal, y que proyectaban unas sombras titilantes que hacían que la imagen del santo tornase de lo angelical a lo siniestro según variaban con el soplar del viento. El resplandor rojizo combinado con el silencio y la ausencia de peatones reforzaban el halo siniestro que envolvía nuestra misión.

Frente a nosotros la mole maciza de la Torre de la Calahorra se recortaba oscura e imponente contra la fría luz lunar.

Aunque de origen islámico, la robusta torre, que nos vigilaba con sus tres plantas de alzada desde el otro extremo del puente, había sido reformada por orden de Enrique II de Trastámara para defenderse de su hermano Pedro I de Castilla, apodado el Cruel. El miedo a dicha crueldad podía apreciarse en los gruesos sillares amarillentos, de aspecto sólido y pesado, con sus puertas y saeteras, estrechas y constreñidas, como los párpados de quien espera ser golpeado de forma inminente.

En la base se congregaban varias siluetas.

-Extracto de Imposible pero incierto (una novela de horror Có[s]mico)-