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Pedí a Jaimito que me dejara en la plaza de Andalucía. Antes de ir a mi casa me dirigí a la ribera. Estaba atardeciendo y el cielo se teñía de tonos rosados y pastel. El sol, un disco de fuego naranja, se ocultaba en el horizonte. Desde lo alto de la muralla del paseo del río contemplé los Sotos de la Albolafia. La vegetación abigarrada se encajaba en el tramo de río que discurría entre el Puente Romano y el más moderno Puente de San Rafael, contrastando en su verdor con el color marrón del bajo nivel del cauce del río. Una nube de estorninos ejecutaba su complicada e hipnótica danza en las alturas. Más abajo, algunas gaviotas de río graznaban para dar la bienvenida a la noche que en unos momentos se cerniría sobre el paraje. Al fondo, la noria de madera, el edificio del obispado y el Arco del Triunfo, con la majestuosa Mezquita-Catedral de fondo, ofrecían una estampa de inigualable belleza, que traté de fijar en mi retina, pues era posible que esta fuera la última ocasión en que la viese, al menos en plena posesión de mis facultades mentales. Sabía que, tras abandonar aquella imagen que tanto amaba, tan solo me esperaban el peligro, el horror, la locura y, quizás, una dolorosa muerte.

-Extracto de Imposible pero incierto (una novela de horror có[s]mico)