Me vienen recuerdos a la mente. Alemania, Dresden, una alta torre; una residencia de estudiantes. Sentado frente a la ventana, contemplando la oscuridad de la noche. En Dresden las luces son escasas, dado que al pertenecer a la ex-república democrática alemana, el lado ex-comunista, el ayuntamiento en aquella primera década del siglo XXI no tenía presupuesto para encender todas las luces de la ciudad por la noche, por lo que tan sólo algunas farolas de cada calle eran activadas. Al menos así sucedía en los barrios periféricos, en uno de los cuales se halla mi adorada Wundestrasse.

Acababa de leer, emocionado, una recopilación de relatos de Lovecraft que mi Buen amigo Toñán me había enviado por correo. Creo recordar que se trataba de Cthulhu 2000, no estoy seguro, lo que sí sé es que la editorial era la Factoría de ideas.

Antes de marchar a Alemania había intentado colocar sin éxito mi primera novela, Historias que no contaría a mi madre, pero la sucesión de negativas de las diferentes editoriales me había ido dando en el rostro, corroyendo mi ímpetu literario, o más bien redirigiéndolo hacia la escritura de partidas para juegos de rol, de las cuales tenía un público fijo, mi grupo de juego, y a las cuales sacaba más satisfacciones.

Llevaba tiempo sin leer nada de Lovecraft. Hacía tiempo que había agotado todas las existencias de Alianza editorial, y parecía que, por esa época, el maestro de Providence y sus secuaces no se prodigaban mucho en nuestro idioma.

Era extraño que dedicara algo de tiempo a estar a solas en mi cuarto. Llevaba un año ajetreado, de no parar, y ahora soy incapaz de recordar que conjunción de astros se dio para que las circunstancias fueran las adecuadas: ni una fiesta erasmus, ni una cerveza en el club de estudiantes, ni una película con los compañeros de residencia.

Sin duda las estrellas estaban en la posición correcta.

Como uno de los protagonistas de los escritos de Howard, comencé a escribir frenéticamente, tratando de dejar testimonio de las imágenes, instiladas por los primigenios, que invadían mi cabeza, intentando plasmar lo que me había sido revelado. Por fin había podido contestar a la eterna pregunta: ¿Qué pasaría si finalmente, los dioses exteriores triunfaban? ¿qué pasaría si se levantaba aquel que en su morada de R’lyeh aguarda soñando para reclamar lo que le había sido arrebatado por eones de letargo impuesto?

Quizás fuera una osadía contestar a la pregunta que los genios del círculo de los mitos de Cthulhu no consignaron por escrito, pero para mí era una necesidad, una especie de autocatársis.

Y así vio la vida Revelaciones. Mucha gente pensará que en mitad de una beca erasmus quedarse una noche en casa escribiendo es cosa de bobos, pero estaba henchido de palabras, tenía que liberarlas de mi mente.

Ese estado es una maravilla que pocas veces llega, esa inspiración perentoria, esa necesidad de escribir, ese inmenso placer, ver como el bolígrafo se desliza sobre el blanco desierto de papel a velocidad de vértigo, como si las palabras nos estuvieran siendo dictadas por una entidad ajena a nosotros.

¿Los primigenios?

No lo creo.

A más ver

R. R. López