Esta entrada sobre el legendario pub Velouria de Córdoba pertenece a la serie Lugares de libro, en la que se describen diferentes lugares reales de la ciudad de Córdoba que forman parte de mis novelas de humor y terror.

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El pub Velouria de Córdoba, concretamente, forma parte del relato de humor y acción Cita a Tientas, que es una de las historias que componen el libro de fantasía humorística Historias que no contaría a mi madre, un libro en el que dos estudiantes universitarios residentes en Córdoba durante los años 90 tendrán que enfrentarse a una serie de delirantes situaciones, desde resolver una ola de asesinatos hasta sobrevivir a la persecución por parte de un capo de la droga local.

La fantasía humorística o ficción absurda es un género en el que personajes ordinarios se enfrentan a situaciones con elementos fantásticos o sobrenaturales y que se combinan con humor, y son referentes de este género novelistas como Christopher MooreTerry Pratchett o Eduardo Mendoza.

Si quieres, échale un vistazo al booktrailer de Historias que con contaría a mi madre.

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El pub Velouria de Córdoba como escenario literario en un libro de humor

Había quedado con «Espa» (¡la verdad es que el nombre tiene huevos!) en Velouria, un pequeño antro hippy—raro—alternativo que últimamente se había puesto muy de moda, pero que se llenaba a partir de las once, así que con suerte podríamos sentarnos y estar tranquilos aunque no sabía si encajaría bien con esta tía, que según me había contado Ramiro era fan de los take go, o take each o algo de eso, ya sabéis, un grupo de macizos de esos que se forran con las niñatas quinceañeras y al año se separan declarándose homosexuales convencidos o Bractopodonecrofílicos (¡Toma ya! Qué bien me ha “quedao”).

Quien quiera saber qué significa esto último que lo busque en el Espasa. A pesar de todas estas elucubraciones, no podía evitar la maraña de nervios que se retorcía en mi estómago, ni las palpitaciones que sentía en la garganta, ni…bueno, que estaba muy nervioso (es que esto empezaba a parecer un anuncio de aspirina C). Para evitarlo me paré un momento, cerré los ojos, e imaginé a José María Aznar vestido de trapecista. ¡Noooo, habéis picado! Yo no hago esas cosas, que pervierten la mente.

Lo que en realidad hice fue lo que leí una vez en un libro de budismo Zen: cerré los ojos, aspiré profundamente, expiré profundamente, aspiré otra vez… al rato decidí dejarlo porque seguía igual de nervioso, y una ancianita se había parado alarmada a preguntarme si tenía un ataque de asma.

Seguí caminando, y finalmente llegué al sitio, y allí estaba ella, esperando en la esquina, aunque yo no podía creer que fuera ella, y que hubiera quedado conmigo. Mientras recorrí los últimos metros de acera que nos separaban, le hice un marcaje en toda regla. Me faltaba el visor de «Terminator» en el ojo derecho.

Aquella tía estaba tremenda. Su cuerpo era perfecto. Sus vertiginosas curvas recordaban a las de la famosa felatriz Savanah. En sus pechos cabría silicona como para sellar todas las ventanas del Empire State Building, pero aquello no era artificial, era magro jamonero del bueno. Llevaba una falda tan corta que si te agachabas podías comprobar su DNI. Sólo faltaba el delantal con el dildo, y me habría meado allí mismo. Conforme mi mirada terminó su ascenso en pos de hacer una aproximación de su personalidad (que uno es muy profundo), reparé en un pequeño detalle, bueno, no tan pequeño la verdad; bueno, digamos que entre el tamaño de un lunar y el de un garbanzo.

Era un melanoma que anidaba junto a la comisura de sus labios en el lado izquierdo, un pequeño bultito cutáneo que estaba a caballo entre un lunar y una verruga, pero era un lunar, seguro. Tenía que serlo. De echo estaba empezando a pensar que era el lunar más primoroso que había visto en mi vida, ¡Qué perfección, qué redondez, qué tersura…! Aquello era un lunar, no cabía duda. Mientras luchaba por salir de mi ensimismamiento, ella rompió el hielo:

—Hola, tú eres Felio, ¿verdad?

—Eh…, sí—respondí yo elocuentemente.

—¡Hola, Felio!— exclamó con simpatía.

—¿Cómo sabías que era yo?—pregunté al reparar en el hecho de que ella no me había visto nunca.

—Porque te vi en unas fotos que me enseñó éste que está con Palmira— se quedó dubitativa un instante— ¿Éste…., Ra…, Ra…. ¡Ramón!— exclamó con expresión de logro en el rostro.

—Je, Je, Ramiro— repuse yo tímidamente.

—Es que soy muy mala para los nombres, ¿verdad, Falo?— exclamó.

Me quedé frió. Se avecinaba una relación profunda.

—¡Qué era broma!—exclamó de nuevo con esa expresión de presentadora de la tele. ¿Sería aquella chica un oso amoroso disfrazado? Pronto lo sabría.

—Je, Je, qué gracia— volví a reír forzadamente; me había quedado sin palabras ante su inteligente broma. Recé para que Ramiro no le hubiera enseñado la foto en que salgo poniendo un huevo, o esa otra en que tengo un salchichón colgado de la oreja. Estas cosas se avisan.

—Entramos, ¿No? ¿O salimos?, Ja, Ja, Ja— otro gran hito en el humor mozambiqueño.

—Tía, no sigas, que voy a tener una hemorragia estomacal de tanto reírme— quise decirle, pero me limité a entrar detrás de ella sonriendo y recreándome en la visión de su bonito y respingón trasero. Bajamos las escalerillas, y nos fuimos a sentar en una de las dos únicas mesas.

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El local estaba vacío, y en la tele estaban pasando vídeos de algún canal cutre de música alemán. De fondo sonaba el guitarreo de algún grupo de “nenazas alternativas”. La dueña se mosqueó mirando con cara de extrañada durante un momento, pero al instante siguió fregando el negro y brillante pavimento.

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Una vez sentados en los pequeños e incómodos taburetes, reparé en un detalle que no había visto antes. Había algo nuevo en el local, concretamente un camarero que se hallaba parapetado tras la barra, ordenando vasos, jarras y botellas, y que tenía cara de guaperas. Se quedó mirando a Espasmos.

 Extracto de Cita a tientas, capítulo 2 de Historias que no contaría a mi madre