Hoy quiero hablarte sobre mi motivación para escribir.

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Como ya te he dicho en semanas anteriores, ya llegó el verano, ya llegó la fruta, y el que no se agache es un hijolagranp… No, eso era una canción que cantábamos de pequeños en el cole. Al ir creciendo he visto que no todo el mundo  la cantaba. Esto me ha hecho reflexionar: quizá he tenido una niñez un tanto extraña. Es lo que tiene venir de un barrio humilde.

Vuelvo a empezar.

Se aproxima el verano, y con él la caída de tráfico de los blogs que muchos aprovechan para chapar y dedicarse descansar las neuronas. Yo, que tengo que ser un poco masoca (cualquiera que se dedique a escribir de forma profesional o semi profesional tiene de esto al menos un 25%), en lugar de cerrar y dedicarme a otras cosas, quiero aprovechar para escribir algunos post más personales, aprovechando también que así puedo liberarme del encorsetamiento de tener que escribir posts que sean SEO friendly.

Y la verdad es que es una liberación poder ser espontáneo. Lo echaba de menos.

Así que hoy toca responder a una pregunta que todos los que escribimos nos hemos hecho alguna vez, ¿por qué cojones escribo, en lugar de dedicarme a jugar a la consola o a coleccionar cromos de Panini sobre ligres?

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Un buen ligre siempre da alegría.

Lo cierto es que no es la primera vez que hablo del tema, sobre mi motivación para escribir (o la falta de ella), y lo cierto es que me he dado cuenta que esta motivación ha cambiado a lo largo del tiempo, igual que uno mismo.

Por lo tanto, una buena forma de comenzar a responder a esta compleja pregunta sería admitir que la motivación para escribir no siempre es la misma y puede variar con el tiempo y las circunstancias.

Cómo empezó todo: mi motivación inicial para escribir.

Supongo que la motivación inicial que todos tenemos para escribir es simple: porque nos gusta.

Si no, no lo haríamos, claro.

A mí me pasó algo así, aunque un poco distinto. En realidad, a mí lo que me gustaba era dibujar, dibujar cómics.

Quería contar historias de forma gráfica, pero me di cuenta de que mi talento no era muy allá, y que, además, requería mucho tiempo y esfuerzo para contar las historias.

Así que lo asumí, y comencé a intentar contar esas mismas historias por escrito, puesto que también amaba los libros, y escribir era algo que se me daba bien.

Así que aquí tenemos a un dibujante de cómics frustrado de alrededor de 14 años que intentó reconducirse en escritor.

Con la torrija que te da la adolescencia, mi ambición era ser el escritor de género fantástico más joven del momento (y ahora me doy cuenta que también el más pardillo). Por ese momento comencé a escribir una novela de zombis, porque por aquel entonces, y aunque no lo creas, todavía no había en el mercado nada ni remotamente parecido a la literatura de zombis. Te estoy hablando de principios de los años 90, posiblemente de 1990-1991.

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Los años 90, qué recuerdos.

Pero a medida que uno crece sus ambiciones se van haciendo más prosáicas gracias a las hormonas y el nihilismo adolescente, por lo que mis ambiciones pasaron a ser: conseguir consumar el acto reproductivo (a.k.a echar un caliqueño), ir de juerga con los amigos, tratar de averiguar qué demonios iba a hacer con mi vida.

Y aunque no lo creas, dos de esas empresas (la de consumar la cópula y la de averiguar cuál es tu destino en la tierra) eran complicadas. Al menos la segunda ahora lo sigue siendo. La primera ha pasado de ser como conseguir el santo grial a algo más fácil que comprar un bote de pepinillos.

Así que esa era la motivación para escribrir del R. R. López adolescente, mutante y juvenil, como las tortugas ninja.

Segunda etapa: La necesidad de evasión como motivación para escribir

Como te iba diciendo la mala pasada que le juegan las hormonas al cerebro adolescente y esta sociedad nuestra con sus presiones y sus movidas hizo que la literatura, por primera vez, se apartara de mi camino para quedar en el baúl de los recuerdos.

Así, mi trayectoria vital continuó su curso.

Y llegamos a la universidad.

Y con la universidad llegó el estrés de los exámenes.

Matricularte en una carrera de ciencias cuando tu perfil ha sido siempre preeminentemente de letras es una idea tan buena como pedir que te hagan la vasectomía con una motosierra. Pero ya se sabe que esta sociedad y la educación que recibimos no nos enseña ni a pensar ni a seguir nuestros sueños, y nuestro sistema educativo, herencia de los sistemas militares, y que se gestó durante la revolución industrial para que el populacho adquiriera los conocimientos justos para poder manejar las maquinas en una cadena de montaje, no es que  se preocupe mucho por garantizar la realización personal.

Y el pensamiento pragmático de la gente humilde, que tienen la manía de intentar estudiar cosas que tengan garantizada una salida laboral (cosa que a día de hoy se ha simplificado bastante, porque casi ninguna carrera tiene buena salida laboral).

Y luego está la maldita pirámide de Maslow, que si has nacido  sin posibles es bastante jodida de escalar, y normalmente solo llegar al peldaño de la seguridad (ya sabes, en la que tienes cubiertas las necesidades gracias a un empleo medianamente estable) te puede llevar media vida, por lo que esa cúspide en la que se alcanza la realización para muchos es una mera entelequia, pues tienen asuntos más perentorios de los que ocuparse.

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Hasta hubiera preferido estudiarme esto.

Total, a lo que íbamos, que sacar la carrera de ciencias estando más dotado para la lengua y los idiomas me costó dios y ayuda, por lo que cada vez que llegaba la época de éxamenes y tenía que ponerme a estudiar, prefería abrirme lentamente las venas con un vidrio roto antes que centrarme en materias tan estimulantes como las matemáticas explicadas por un kiko (como los del Opus Dei pero en plan hardcore) al que le había dado una embolia y solo decía incoherencias, o misterios incognoscibles como Medio Físico, un remedo de edafología que no había quien lo entendiera, porque era una asignatura invéntor, y los criterios para aprobar eran si ibas a clase y si el profesor conocía a tu familia.

Estos son solo un par de ejemplos de las maravillas de la ciencia que me tuve que comer con papas, y entre los que también había una inadaptada que enseñaba microbiología y que decía la palabra “derrámenes” de petróleo, y que afirmaba sin ningún tipo de rubor que el hielo se hunde.

Y un día previo a las vacaciones de Navidad, va un amigo y me pregunta si yo había escrito un relato satírico que había salido publicado en la revista de la universidad.

Y en ese momento recordé algo entre las brumas de mi mente: yo antes escribía.

Y desde entonces, como si Proust me hubiera tirado su magdalena a la cabeza, cada vez que empezaba a enfrentarme a una de esas horribles materias, comenzaban a venirme una inspiración sin precedentes, haciendo que dejara de lado los apuntes para ponerme a garabatear notas en trozos de papel en sucio.

Así fue como escribí Historias que no contaría a mi madre.

Sí, en esta etapa podríamos decir que, básicamente, escribía para evadirme.

Tercera etapa: el intento de probar a ser escritor

Con un borrador  corregido por un amigo que era escritor profesional, que me alentó a que siguiera con la escritura, durmiendo el sueño de los justos (el borrador, no mi amigo), terminé mis estudios y me puse a buscar trabajo.

Y en paralelo me propuse intentar publicar el libro.

Así que me puse a mandar el manuscrito a editoriales (por correo, no como ahora que se puede mandar por email), comenzando de la Z a la A.

Con tanta suerte que a los meses me contactó la extinta Zócalo Editorial.

Y publiqué mi primer libro. Y me hicieron algunas fotos de escritor bastante flichornosas, sí señor.

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Para muestra un botón.

Y me di de bruces con la realidad del mundo editorial, que por aquel entonces no estaba tan saturado como hoy en día, pero a la vez tampoco era tan accesible, porque no existía la tecnología que ha conseguido democratizar la publicación, le pese a quien le pese.

En esa época todavía dependías para publicar de los guardianes de las puertas del mundo editorial.

En el tiempo que estuve batallando por mover Historias que no contaría  a mi madre seguí escribiendo, impulsado por la ilusión de que me habían publicado mi primer libro.

Así que podríamos decir que en esta etapa mi motivación para escribir era una mezcla de la ilusión de llegar a ser escritor, ignorancia, y ya empezaba a ser necesidad, es decir, se estaba creando un hábito.

Pero una serie de decepciones con la experiencia de la edición tradicional, así como el hecho de que todavía necesitaba terminar de escalar el segundo escalón de la pirámide de Maslow, que más que una pirámide parece el puto Everest, me hicieron cejar en mi empeño y cortar ese hábito, y fui absorbido por las visicitudes del mundo laboral español, también llamado por algunos el octavo infierno.

Aunque dicho hábito persistió ocultándose en forma de partidas de juegos de rol que escribía para mis jugadores.

Cuarta etapa: Fue a por trabajo y le comieron lo de abajo

Así es como me gusta a mí llamar a esta etapa que viene marcada por una atolondrada necesidad de sentirme productivo y por todos los castillos en el aire de los marqueteros.

Más o menos estaba sentadito al borde del segundo escalón de la pirámide Maslow con los pies colgando, aunque todavía no podría seguir trepando, dado que tocaba mantenerse en esta plataforma a base de estabilidad laboral, y la verdad es que la cosa estaba temblona.

A finales de la primera década del siglo XXI llegó la crisis económica, esa que se inventaron entre unas cuantas entidades financieras para especular con un dinero que se perdió y que luego tuvimos que reponer sin ninguna contrapartida del erario público, y con ellas llegaron los maravillosos recortes, y como siempre pasa, cuando el estado necesita dinero (para gastárselo en sedes de partidos corruptos, concursos de obras ilegales, sobornos, aeropuertos inútiles y privatizaciones de hospitales entre compadres, entre otras cosas) lo primero que hacen es recortar el sueldo de los trabajadores públicos, que son los que tienen una nómina claramente cuantificable, sin trampa ni cartón.

Así que me encontré con un recorte bastante drástico de mi presupuesto y un aumento bastante drástico de los gastos al comenzar a vivir con una pareja que se quedó en paro.

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Se me quedó esta cara.

Como a río revuelto ganancia de pescadores, por aquella época comenzaron a proliferar en internet los marqueteros que venían a sacarle las perras a aquellos que trataban de reinventarse laboralmente porque todavía no eran conscientes de que la única manera de labrarse un futuro próspero era marcharse fuera de España sin mirar atrás, lo que ahora llama el gobierno movilidad exterior o afán de aventura, y que seguro que los interfectos, los que se tienen que ir de aventuras, llaman “señor político, me cago en su puta madre”.

Así es el maravilloso mundo de la corrección política y la polisemia, con sus eufemismos tan floridos.

Y llegó la fiebre de los ingresos pasivos.

Para colmo, llegó Amazon con su plataforma de autopublicación, y desde allende los mares llegaban ecos del rápido crecimiento que estaba teniendo el mercado de la edición digital independiente.

En Estados Unidos había escritores independientes que se lo estaban llevando fino con sus ebooks, era algo así como la fiebre el oro.

Todos estos factores chocaron en mi puta cabeza y, entonces, se me ocurrió un ideón: Volvería a publicar mi libro, del que ya había recuperado los derechos, en Amazon,  para intentar construir una carrera como escritor indie, con todos los peligros que ello conlleva y de los que en ese momento era ignorante, y así, aparte de lidiar con la angustia vital motivada por una realidad que no acaba de ser todo lo friendly que debería, me sacaba un sobresueldo, quizás no de forma inmediata, pero sí a base de construir un catálogo de publicaciones y esperar a que llegara la fiebre del oro de la edición independiente igual que estaba pasando en yanquilandia.

Sí, sí, puedes descojonarte a gusto.

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Tal que así.

Pero claro, lo que nadie tuvo en cuenta es que esto es España, no USA, y que aquí la gente es capaz de arrancarse un huevo con unos alicates antes de pagar por algo que puedan conseguir gratis (así semos), y que el mercado de los ebooks en Amazon en nuestro idioma se limita casi a España y Méjico, por lo que el número de clientes potenciales se reduce muchísimo, y que los géneros que tienen buenas ventas son la novela romántica y el thriller, y que aquí no está muy extendida todavía la cultura de las compras por internet, etc.

Para que te hagas una idea, a día de hoy los expertos en USA dicen que con 1000 fans verdaderos, que los llaman ellos, un artitta puede vivir de su producción (sea músico, escritor, youtuber…),  sin embargo, los expertos patrios, al menos para los escritores, dicen que dicha cifra hay que multiplicarla por 10. Y así con todo.

Ya te digo, un ideón el que tuve.

Pero tampoco tenía muchas más opciones de monetización de mis talentos sin que ello implicara perder la dignidad o trasngredir la legalidad (o ambas).

Supongo que ya habrás entendido por qué llamo a esta etapa Fue a por trabajo y le comieron lo de abajo.

Por lo tanto, en síntesis, en esta cuarta etapa podríamos decir que las motivaciones para escribir fueron la fiebre de los ingresos pasivos, la desesperación corrupia y el afán de experimentación, unidos a la ilusión por retomar un sueño.

Quinta etapa: si sabéis cómo me pongo, pa que me invitáis

¿Hola? ¿Todavía estás aquí?

No me lo puedo creer.

Ve a que te miren eso.

Bueno, y todo este periplo vital nos lleva al momento actual en que estoy tecleando este artículo que supongo que mandará mi estrategia SEO al garete pero que me está sentando de maravilla aunque sea como ejercicio instrospectivo, porque supongo que este artículo al final lo leerán cuatro gatos.

Pero te estarás preguntando el porqué del título y del vídeo que ilustra esta fase de la motivación para escribir.

Bueno, pues porque esta fase está relacionada con el control (o la falta del mismo) de las adicciones.

Porque sí, lo confieso, soy R. R. López, y soy adicto a escribir.

Si no, no se explica.

Y es que, a base de insistir, al final escribir se convierte en un hábito (si malo o bueno, todavía no lo tengo claro), y como tal tiene sus gratificaciones.

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El alcoholismo también es un hábito…

Porque escribir me ha permitido pasar muy buenos momentos (en presentaciones de libros, por ejemplo, o consiguiendo volver a publicar, pero esta vez con una gran editorial), conocer a gente muy interesante, y, sobre todo, me permite entrar en estado de flujo.

Y esto no es una guarrada.

No, se trata de uno de los efectos terapéuticos de la escritura. El estado de flujo es una especie de estado meditativo (el flow de los raperos) en el que fluyes siendo uno con la acción, y todo lo demás (preocupaciones, estrés, distracciones) pasa al segundo plano.

Por decirlo así, la escritura es una especie de atajo o ascensor que me permite pasar del segundo escalón de la pirámide de Maslow al último, el de la autorrealización, saltándome el del reconocimiento, al menos el del reconocimiento social masivo, porque gracias a mis maravillosos lectores sé que cuento con su favor por las manifestaciones  que me hacen llegar del disfrute que les causan mis obras.

Y esto sí que es un motivo para sentirse realizado.

Ya te lo conté en este artículo en el que te explicaba  por qué los creadores de ficción no somos bocas inútiles.

Otros beneficios serían la sensación de control  que da el ser creador de tus propios mundos, dentro de una realidad en la que la mayoría de los factores son incontrolables, el maravilloso ejercicio mental que la escritura supone para el cerebro, o el enriquecimiento que conlleva el hecho de tener que aprender nuevas materias tanto para los procesos de documentación como para poder hacer marketing online para promocionar tus libros.

Así que, a día de hoy, es por esto por lo que escribo.

Quizá el tiempo vuelva a cambiar mi motivación para escribir, o quizá incluso acabe con ella y decida dedicarme a otra cosa. Pero hasta entonces no puedo negar que el viaje ha sido, con sus luces y sus sombras, interesante.

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